Rubén Budzvicky

“Entre guerras: La historia una Nación y su derecho de Defensa”


Capítulo I: “La esperanza”

Ashkelon,  4 de Mayo de 2019. En los últimos tiempos, en el sur de Israel,  las sirenas, las explosiones y el vuelo de misiles provenientes de Gaza son parte del  ambiente cotidiano del lugar. La tensión es permanente, y de forma reiterada todos deben correr hacia los refugios anti bombas.

A lo largo de los últimos días, cientos de cohetes han caído sobre Israel, en reiteradas ocasiones, todos deben dejar lo que están haciendo y huir hacia los refugios.

 Nuevamente se activan las sirenas, y todos corren hacia los refugios. De fondo se escuchan explosiones de los cohetes interceptados por la “Cúpula de Hierro”, el sistema de defensa israelí antimisiles.

El miedo se apodera de cada una de las personas, hombres, mujeres y niños corren como pueden hacia los refugios para salvar sus vidas. Y en medio de ellos con ritmo lento, cansino y desafiante al temor, un matrimonio nonagenario enfila con calma y seguridad hacia el refugio.

Al llegar los ancianos al refugio, casi al unísono las demás personas le reprochan, -¿Acaso, no tienen miedo? Nos dieron un susto muy grande, podrían haber muerto innecesariamente.

Luego de escuchar atentamente y sin inmutarse por los reproches de sus ocasionales compañeros de bunker, el anciano toma la mano de su esposa, y  responde con aplomo y sabiduría: – Mi nombre es Moshe Kocowizky, tengo 93 años, soy sobreviviente de la Shoa (Holocausto) y fui soldado durante la guerra de la independencia. Ella es mi esposa Rivka, israelí nativa, tambien fue miembro de la Haganá (Organización de autodefensa judía). Sobreviví al nazismo, a la indiferencia del mundo y a cruentas guerras para defender a nuestra Nación. Este grupo de delincuentes y terroristas, no me asusta, ni nos van a generar ninguna alteración en nuestra vida.

  Las palabras de Moshe, dejaron estupefactos a todos. Sin embargo, una pequeña niña lo interpela,  – ¿Cómo no tienen miedo a morir? Es muy peligroso estar afuera.

Enseguida, el anciano con algunas dificultades, se inclina ante la niña para hablarle, y le pregunta:   – ¿Cómo te llamas niña? ¿Cuántos años tienes?

  • Me llamo Nurit, tengo 10 años.
  • Te contaré, pequeña, porque no tengo miedo. Cuando era un niño como tú, la vida era diferente para los judíos, el Estado de Israel aun no existía y en casi todo el mundo nos rechazaban. Nací en Varsovia, Polonia. Cuando tenía 13 años, los nazis atacaron la que consideraba mi ciudad.  Siendo muy joven defendí Varsovia, tome las armas y luche por una nación que nos rechazaba por ser judíos. A pesar de ese odio, los judíos vivimos más de mil años en esa tierra. Sin embargo, para la mayoría de los polacos, éramos extranjeros.

          Al haber perdido la batalla, Varsovia paso a ser gobernada por los nazis. Al tiempo nos encerraron en un Gueto, y luego nos prohibieron salir del mismo. Nos encerraron como animales, estábamos hacinados, con escasa alimentación, agua y medicinas. Las enfermedades se propagaron y al igual que la inanición, los asesinatos y las deportaciones, provocaron gran cantidad de  muertes.  

  Al escuchar el relato de Moshe, Nurit recordando sus conocimientos sobre la Shoa, no pudo contenerse y le preguntó: – ¿Señor, cómo logró escapar?

  • Pude escapar con mi hermano Leib por medio de un túnel y me refugie en los bosques. Allí, la vida no fue fácil, estábamos expuestos a la amenaza de los nazis, y los polacos que nos delataban. Debíamos vivir en permanente estado de alerta. No sabíamos en qué fecha estábamos, vivíamos como animales, tratando de sobrevivir en el bosque, tomando agua de lluvia, comiendo lo que encontrábamos. Nuestro hogar, era un pozo que cavamos con nuestras pocas fuerzas. Para ustedes es normal vivir en Libertad, en Israel, un Estado Judío, una gran potencia, con bienestar económico y  un ejército poderoso, pero no siempre fue así.

El anciano, conmovido por los recuerdos que traía su propio relato, comenzó a lagrimear y sollozar. En ese instante, su esposa Rivka y la pequeña Nurit lo abrazan.

Una vez que recobró el ánimo, Moshe continuó contando su testimonio, y dijo:

  • Una mañana, nos acercamos hasta la casa de un campesino polaco, a pedir un poco de comida e intercambiar por algunos objetos de valor que habíamos traído.  El campesino accedió a nuestra petición e hicimos el trueque. Al despedirnos, nos dijo que volviésemos al otro día y podría darnos algo más de comida. A la mañana siguiente regresamos y para nuestra sorpresa, comenzaron a salir a soldados alemanes del interior de la casa del campesino. Nos había delatado. Los nazis nos rodearon y nos golpearon sin parar.  A causa de los golpes mi hermano Leib se desvaneció, como los nazis nos obligaban a subir a un camión y mi hermano no se despertaba, lo remataron de un disparo. A mi me siguieron golpeando hasta subirme a un camión y me llevaron hasta la estación de tren. En la estación me sumaron a un grupo de judíos, para deportarnos a Auschwitz. En Auschwitz, logre sobrevivir como trabajador esclavo, hasta que el 27 de enero de 1945, fuimos liberados por el ejército soviético. Una vez liberados, estuvimos en un campo de refugiados del JDC (American Jewish Joint Distribution Comitte) en Italia. Allí nos fuimos recuperando de las enfermedades, heridas, la desnutrición, pero no de haberlo perdido todo, ni de los traumas. Eso aún perdura, fuimos arrancados de Europa, al igual que nuestras familias, nuestra cultura, nuestros hogares, nuestras costumbres, sin embargo nunca pudieron arrancarnos la ESPERANZA.

         Una vez recuperado, y al no encontrar en la lista de los sobrevivientes o “aparecidos” a mis padres, ni a mis otros hermanos,  ni tampoco a mis abuelos, sin tener donde ir, me sume a un grupo de refugiados que estaban preparando su viaje a Tel Aviv.

      En un momento de pausa del relato del anciano, y ante el silencio de sus ocasionales oyentes, nuevamente la pequeña Nurit, con mucha timidez preguntó: – ¿Pudo encontrar a su familia?

  • Con el tiempo me entere que fueron deportados del Gueto de Varsovia al campo de exterminio de Treblinka.

Al observar la audacia de la pequeña Nurit, un niño irrumpe raudamente y pregunta: –  Señor, me llamo Shlomo como el papá del papá de mi papá que tambien estuvo en Auschwitz, pero murió durante la marcha de la muerte. ¿A qué se aferró para sobrevivir?

  • Es muy interesante tu pregunta, porque en muchos casos resistíamos aferrados a una

esperanza, un sueño o un amor. Y en mi caso era reencontrarme con mi familia y hacer Justicia por mi hermano Leib. Al desvanecerse la esperanza de reencontrarme con mi familia, surgió una nueva, cumplir el sueño de todos ellos y emigrar a Sion, a lo que hoy es Eretz Israel.   

            En mi familia eran fervientes sionistas, hubieran deseado mucho estar aquí donde estamos nosotros y aun en estas circunstancias habrían disfrutado este momento. Ellos abrazaron una esperanza, nosotros vivimos una realidad.

     Y continuó: – En aquella época nos perseguían los nazis, los rusos y polacos nos despreciaban en su mayoría. El mundo fue indiferente en nuestra hora más trágica. Vivimos en Polonia más de mil años y siempre fuimos considerados extranjeros. No teníamos donde ir. Primero los nazis y después de la guerra los polacos se apropiaron de nuestras casas y bienes. Hoy tenemos nuestro hogar,  en nuestra tierra histórica, un Estado y uno ejército que nos protege y acobija. Nunca más extranjeros. ¿Acaso, le vamos a temer a unos terroristas delincuentes?

Con ayuda de organizaciones judías, cruzamos Europa hasta llegar a Tierra Santa. El viaje no fue fácil, pero logramos evadir los controles de los británicos. Al poco tiempo me encontraba en una unidad de combate de la Haganá, para defendernos de los árabes que deseaban expulsarnos del país, pese a la Resolución N° 181 de la ONU que establecía el plan de partición del territorio en un Estado Judío y otro árabe.

En unos días celebraremos Iom Haazmut, el 71 aniversario de la independencia de Israel. En ese momento, si estábamos asustados, aunque esperanzados. Estábamos ante la oportunidad histórica de reestablecer nuestra Nación después de 2000 años.  Era nuestra esperanza y sostén, como tambien cargábamos con el sueño y la esperanza de cientos de generaciones que hubieran deseado vivir ese momento.  Festejamos cuando David Ben-Gurion proclamó la independencia, aunque reinaba una tensa calma, ya que a la medianoche finalizaba el mandato británico y estos abandonarían el país.

Nuevamente Shlomo, un poco confundido  interrumpe y pregunta, – ¿Por qué antes le tenían miedo a Hamas y a  la Yihad islámica?

  • En aquel entonces no existían estas organizaciones terroristas. La guerra fue contra la Liga Árabe, compuesta por tropas pertenecientes a Egipto, Jordania, Líbano, Siria e Irak, entre otros.  En lo personal, mi confianza estaba puesta en el Dios de Israel. Desde un plano objetivo, la victoria era imposible, pero en Israel siempre hay esperanza y todo es posible. Me sentía como si estuviera en la Biblia, batallando junto con los patriarcas Abraham, Josué, David y tantos otros. Mi confianza estuvo en el Dios de Israel y esta batalla debió ser agregada como un libro más de la Biblia.

            El milagro sucedió, logramos derrotar a nuestros enemigos y sobrevivimos como Nación. Como negativo, tuvimos que esperar casi 20 años para recuperar la Ciudad Vieja de Jerusalén. En ese momento quedo bajo dominio de Jordania y la reivindicaba como propia.  Siete décadas después, los palestinos y la comunidad internacional  nos presionan para que nos retiremos de nuestra ciudad sagrada.

La pequeña Nurit, un poco ofuscada por la situación y con ganas de poder ir a su casa, pregunta al aire: – ¿Alguna vez habrá paz?

  • Esperemos que sí, con los egipcios y los jordanos hemos logrado acuerdos duraderos de paz, con el resto de nuestros vecinos aún no, aunque últimamente se están logrando entendimientos con otras naciones árabes como Arabia Saudita y Emiratos Árabes.

Los árabes no son nuestros enemigos, son nuestros hermanos, nuestro enemigo es el terrorismo y el fundamentalismo.

Al momento de terminar de hablar el anciano, el bombardeo había cesado y las puertas del refugio se abrieron.  Luego de las selfies de rigor con el anciano, y cuando todos comenzaron a retirarse, Moshe con vos firme, dijo:

   – Probablemente viviremos entre guerras por mucho más tiempo, pero no pierdan la           esperanza, es nuestro derecho y obligación defender nuestro país. El mundo nos criticara y dirán mentiras sobre Israel y los Judíos, pero debemos ser fuertes y luchar por la paz.

       En unos años mi generación ya no estará entre ustedes, por eso es necesario que cuenten a los hijos de sus hijos lo que escucharon de nosotros, lo que vivieron sus abuelos, sus padres, y eso les va a dar fuerzas y esperanzas en los momentos más difíciles,  hasta que venga el Mesías. 

     Por más que nos presionen y nos ataquen, Israel no va a desaparecer, sino más bien se va a fortalecer, pero es imprescindible continuar con la transmisión como nuestros antepasados con nosotros, a fin de renovar la esperanza. Am Israel Jai.

Nota: Historia ficcionada, basada en hechos reales.

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